28 de julio, 2010
Acabo de leer el libro Comer, rezar, amar de Elizabeth Gilbert y, por primera vez en mi vida, al llegar a la última hoja he llorado y me he abrazado al libro. Y mientras escribo estas líneas sigo llorando. Ha sido este libro el que ha provocado en mí toda esta serie de reflexiones que tenido durante la semana que ha durado su lectura. La llegada de este libro a mis manos ha sido otra de las maravillosas coincidencias que se han dado en mi vida en los últimos casi tres meses. Muchas partes de este libro parecían escritas por mí y muchas más escritas para mí.
En estas dos semanas he engordado 8 libras. He vivido mi propio proceso de comer, la primera palabra del título de este libro. Mi regreso ha coincidido con las muchas fiestas, despedidas a cuatro amigas queridas que se fueron a vivir a otro país lo que resultó ser el escenario perfecto para comer y también beber. Regreso a ver a estas dos semanas y debo confesar que más que comer, lo que me ha engordado es la bebida. Pero gracias a ella en estos días he podido estar más relajada y disfrutar de los días en compañía de estas amigas queridas.
¿Rezar? Sí también se ha iniciado un proceso de intentar recuperar esta parte de mí que desde hace mucho tiempo se ha ido anquilosando. Como me dijo el sacerdote iluminado con el que hablé, cuando eres infeliz, no puedes hablar con Dios. He recuperado mi felicidad, pero aún no logro recuperar mi comunicación con Dios; sin embargo he pedido a Dios que se comunique conmigo y ese diálogo ya se ha iniciado. Primero al conocer la nueva casa de mi hermano ubicada en Guayllabamba junto al santuario de la Virgen de las flores. Al recorrer el santuario, pedí a Dios y a la Virgen que me enseñen a orar nuevamente. Esa misma noche en el Evangelio se me dio la solución a mis plegarias: pide y se te dará. Pide a Dios que te envíe el Espíritu Santo. Y eso hago desde ese día y sé que en cualquier momento, el momento que Dios lo decida volveré a orar, cuando yo esté lista, cuando me quite todos mis fantasmas y temores de la cabeza y pueda dejar espacio para que Dios habite en mí. Sigo llena de muchas dudas, inquietudes, temores, inseguridades, cuestionamientos y todo ello no me permite el escuchar la voz de Dios en mi interior. Pero sé que El me escucha, que está pendiente de mí, que nunca me ha abandonado.
¿Amar? Vengo sintiendo desbordarse de mi interior mi deseo de amar a quienes me rodean. Soy feliz, estoy más aliviada lo que me ha permitido expresar este amor y alegría a quienes están a mi alrededor. Ayer entendí que durante muchos años yo no fui luz, estaba metida en mi propio remolino dando vueltas y vueltas sin encontrar la salida. Recibí mucho apoyo, amor, cariño y solidaridad de todos quienes me rodeaban, sosteniéndome y esperando al momento en que yo tome la decisión de salir de ese atolladero. Ahora que tomé la decisión de liberarme, siento una gran necesidad de devolver y compartir todo lo que en su momento a mí me fue entregado. Soy fuente de energía, tengo objetivos, planes y sueños. Estoy lista para amar.
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